Françoise Mouly, la mujer detrás de las portadas de ‘The New Yorker’

Françoise Mouly, diseñadora y editora gráfica de The New Yorker, en una terraza en Ciudad de México. 3 de agosto de 2022, Ciudad de México, México.

La directora de arte de la revista estadounidense lleva más de tres décadas eligiendo las imágenes que retratan los cambios del mundo: “Solemos dar una explicación adulta a todo, las imágenes son más viscerales”

El 11 de septiembre de 2001, Françoise Mouly, directora artística de The New Yorker, estaba en su casa del SoHo cuando se enteró del impacto del primer avión contra una de las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York. Su primera misión y la de su marido, el aclamado dibujante Art Spiegelman, creador de Maus, fue la de encontrar a sus dos hijos pequeños que a esa hora estaban en el colegio. Una vez que la familia estuvo a salvo, Mouly fue directa a la redacción de la revista. Tenía un mensaje de David Remnick, el director, que la convocaba de urgencia para sacar un número especial tras lo sucedido.

Aquella portada, toda entintada con dos franjas más oscuras, forma parte de la historia del periodismo y figura como una de las imágenes más famosas de The New Yorker. Una perfecta combinación entre diseño, sutileza y actualidad que dio un cambio de tono a la revista. Sin usar imágenes ni palabras, Mouly supo transmitir lo que sintieron millones de personas aquel fatídico día. Decir lo que no se podía decir. “La idea de tener que ir a la oficina y buscar una imagen para aquello me parecía obscena al principio. Después de una conversación con mi esposo, dibujé la silueta negra sobre negro y me di cuenta de que en realidad se trataba de una antiimagen. Era sutil, fugitiva y lograba lo que las palabras no podían lograr en ese momento”, señala a EL PAÍS. Han pasado 21 años desde aquello y aún así, recordar de nuevo el 11-S le sigue conmoviendo.

Mouly es una mujer alta de ojos azules. Lleva el cabello corto y rizado, sujeto con unas gafas que usa para ver de cerca, y sus dedos están cargados de anillos. Uno de ellos es un inmenso ojo que observa la conversación desde el dedo índice, como si mirara a través de una cerradura. Aunque nació en París hace 66 años, la artista lleva más de media vida en Nueva York y compagina su trabajo en la revista con el de editora del sello de cómics para niños, Toon Books. Esta no ha sido su primera experiencia literaria. Entre 1980 y 1991 creó junto a Spiegelman la revista antológica de cómic Raw, una publicación de culto que marcó un hito importante para la industria en Nueva York. Este verano participó en México como jurado de la bienal de diseño organizada por la empresa Pictoline para elegir a los mejores ilustradores de Latinoamérica.

En las casi tres décadas que lleva al frente de la portada del New Yorker, Mouly ha visto cómo su país -también es ciudadana estadounidense- y el mundo han cambiado cientos de veces. Allí estaba ella para poner el ingenio, la acidez o la sensibilidad necesarias para contar la actualidad con un sello único. Reconoce que el desafío más abrumador es capturar la esencia de un momento histórico de manera única y elegir la ilustración correcta. “Las emociones no se pueden dibujar, pero podemos darle a la gente una imagen con la que se identifiquen”, explica. Cuando Barack Obama ganó las elecciones en 2008, en la portada diseñada por Bob Staake aparecía el Monumento a Lincoln en Washington, que también recuerda a Martin Luther King, bajo una enorme luna brillante que a la vez era la ‘O’ de la cabecera. “Esa ilustración capturó la emoción de todos porque daba la sensación de algo histórico, una nueva era”, apunta.

En noviembre de 2016, tras la victoria de Donald Trump, la portada mostraba, en cambio, una escena en el metro de Manhattan. Un hombre detrás de un periódico leía las noticias. En las páginas del diario puede leerse: Oh, no. Cualquier cosa menos eso.“Solemos darle una explicación adulta a todo de manera racional y sin embargo, las imágenes son más viscerales. Se leen de manera diferente porque usamos nuestro propio circuito emocional”, señala Mouly, que ha sabido explotar esa comunicación no verbal para hablar de racismo, feminismo, guerras, abusos y radicalización a la vez que arroja luz sobre el lado más oscuro de la sociedad estadounidense. “La ilustración ofrece un conducto para procesar el dolor o la empatía con la gente”, recalca.

Mouly recalca que no necesariamente una buena portada debe de estar relacionada con un artículo de páginas interiores. “La portada es una historia en sí misma, atemporal, que debe ser entendida dentro de diez días o dentro de diez años”, explica. Los que la conocen dicen que su despacho ―ubicado en el piso 23 del One World Trade Center, donde antes estaban las Torres Gemelas― es el más creativo de la redacción. Como si fuera una galería, en las paredes cuelgan cientos de ilustraciones que muestran el constante diálogo que Mouly mantiene con los artistas para crear sus portadas.

Para muchos artistas publicar en The New Yorker es como una recompensa. Aunque la directora reconoce que cada semana descarta “toneladas” de ilustraciones que llegan a su oficina. Sin duda, dice, “la parte más difícil” de su trabajo. Es una mujer muy exigente y cuidadosa. Tanto, que con ella trabaja un grupo de verificadores solo para las ilustraciones de portada. “Por supuesto que hay que hacer fact checking a las ilustraciones”, dice con una sonrisa. “Nuestra revista la hacen los periodistas, los ilustradores, los verificadores de datos, el corrector de estilo, el editor y por supuesto, el director de arte”, agrega. “Una vez publicamos una imagen de la estación Grand Central en la que el reloj marcaba las 14.15 de la tarde, creo recordar, y uno de nuestros lectores nos hizo notar que era imposible que la cantidad de luz que entraba por las ventanas y las sombras que se proyectaban en el suelo pudieran corresponderse con esa hora”, dice Mouly. “¡Y lo mejor es que tenía razón!”, reconoce.

“En otra ocasión otro lector escribió para reclamar que en una escena de playa, uno de los personajes tenía dos pies izquierdos, ja ja ja. Años más tarde escribió otra carta donde se presentaba: ¡Hola! Soy el tipo que encontró los dos pies izquierdos en aquella portada, ¿me recuerdan?”, cuenta Mouly entre risas. “Los lectores son expertos y decodifican todo, así que tenemos que estar a su altura”.

Mouly considera que es importante atender al trabajo de autores consagrados y también promocionar el de nuevos artistas más allá de Estados Unidos y Europa. “Siempre estoy buscando nuevos talentos, así que no teman enviar su trabajo”, dice a los ilustradores jóvenes. “Me interesa que muestren el cambio de nuestra sociedad. Que muestren cómo es estar vivos en esta época”. Desde su fundación en 1925, este ha sido uno de los pilares fundamentales de la publicación. “También me gustaría conocer más lo que Latinoamérica tiene que ofrecer a la conversación global”, agrega y dice que le sorprende que Estados Unidos no sea todavía un país bilingüe con la importancia que tiene la población latina. “Me sorprende que seamos tan limitados y que no reconozcamos a todas estas personas migrantes gracias a las que el país funciona”, remarca.

En la conversación Mouly hace una radiografía de la intolerancia en la que vive inmerso Estados Unidos y de cómo esa intolerancia ha acabado por censurar la obra de artistas y escritores, entre ellos la de su esposo. “Desafortunadamente, esto es parte de un esfuerzo político muy bien organizado de personas muy ricas que han encontrado la manera de imponer sus creencias”, afirma. En ese retrato de la sociedad estadounidense también critica el puritanismo, el machismo y las exigencias que persisten sobre las mujeres.

La narración regresa a aquel 11-S y recuerda que en un principio le dijo a David Remnick que aquella portada con las dos siluetas negras había sido obra de su marido. A fin de cuentas la idea había surgido de una conversación con él y le preocupaba que el director no aceptara su propuesta por no tratarse de una artista reconocida. Además, nunca en la historia dos ilustradores habían hecho una portada de manera conjunta hasta que ella rompió las reglas. Meses después le dio doble crédito a Rick Meyerowitz y Maira Kalman, estableciendo así un nuevo precedente en la historia de la publicación. “Creo que el machismo es más parte de mi siglo que de este”, dice pensativa, “aunque sí es cierto que si hubiera sido un hombre, me habrían dado más autoridad antes”, añade. “También es cierto que si no fuera una mujer, no hubiera sido tan autocrítica con mi trabajo y quizá tampoco tan exitosa“ dice la directora.

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